Los viajes en avión me causan fascinación. Mezcla de miedo y excitación. Adoro la comida, las bandejas, el sonido.
Desde que supe que viajaríamos juntos, imaginé este momento. Sentarme a tu lado, sacar mi notebook y comenzar a escribir a tus ojos que miran de costado, cada una de las cosas que me vas a hacer.
Al principio te sentís nervioso, sabés que te detesto y no esperás que te dirija la palabra. Te detesto porque me ignorás. Pero hoy no voy a permitir que me ignores, a pesar de que cerraré la notebook y me daré vuelta, mirando por la ventana a esperar a que vos te relajes, cierres los ojos.
Esperá.
Ya apagan las luces, se escuchan ronquidos. Tenés los ojos cerrados pero estás atento a mi respiración. No voy a acariciarte. Te tengo tanta bronca. Pero si acercaré mi boca a la tuya y la mantendré casi en el roce.
Cierro los ojos y recuerdo tu prolijo olor a chicle de menta. El mismo de ahora. Recuerdo tu zoom, tu nariz y tus comisuras de cerca. De golpe me sos tan familiar, tan mío. Cuánto cambiaste de lejos y qué pregnancia tu piel, tu olor.
Se te escapa una sonrisa, que atrapo antes de que puedas disimular. No te voy a acariciar. No. Tampoco voy a besarte. Voy a agarrar tu mano y la voy a llevar a mi boca, para que la recorra, por fuera los labios, por dentro, los dientes, la lengua. Pero no voy a besar tus dedos. Y voy a empujar tu mano hacia mi cuello y mis hombros, y dejar que tus dedos comiencen a intentar escapar, a caminar por mi pecho, bajando hacia mis senos. Voy a dejarte jugar con mi pezón, en los centímetros de libertad que tienen tus dedos, no tu mano que es absolutamente mía y se mueve en círculos, presionándome.
Mantenés los ojos cerrados y yo no puedo ni un segundo escaparme a la fascinación que despierta en mí la sensación de conocerte tan bien de cerca y que me seas tan extraño a más de 30 centímetros de distancia.
Separo tu mano de mi cuerpo, la llevo a mis muslos. Nuestra respiración es entrecortada. Las mantas esconden los movimientos. No voy a acariciarte.
Corro mi bombacha y dejo que tus dedos jueguen por mis labios, tus mano está empapada y caliente, dos de tus dedos penetran suavemente y comienzan a trazar círculos, hacia arriba, presionando. Ahogo mis suspiros mordiendo tu otra mano que llevo a mi boca. No voy a besarte.
Te quedas quieto. Tus dedos se relajan y me desespero de ansiedad, pero tu mano es mía y la sigo moviendo. Yo me muevo rítmicamente, y logro, con tu mano apretada contra mi vagina alcanzar un orgasmo suave, silencioso, mezquino.
Cuando abro los ojos, me estás mirando. En tus ojos hay deseo, furia, y cierto titubeo. Te sonrío en señal de agradecimiento. Esta bien que dudes. No vamos a seguir. Me doy vuelta para dormir y te digo: -"sorry, pero no me siento del todo bien con lo que hicimos".
Y te devuelvo el comentario de hace un año atrás, después de cogerme en un hotel durante dos horas en las que yo no alcancé el orgasmo. |